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CAPÍTULO 11: ADRYS LA BELLA

La tormenta paró y el sol volvió a salir y a golpear con fuerza, eso que eran las siete de la tarde. Madrid era un horno. Diego entró en el primer bar que vio, Cervecería Furor. Necesitaba asimilar las malas noticias que le dio el policía acerca de su padre y pensó que la mejor manera sería emborrachándose.

El bar estaba oscuro y olía a tabaco, a lejía y a humedad, era muy estrecho y la barra ocupaba casi todo el espacio. Al fondo había una mesa de madera gastada y dos sillas, junto a una columna de cajas de cerveza y refrescos. Diego se sentó en la barra, justo enfrente del camarero, que estaba viendo un documental de chimpancés en la tele. A la izquierda había una chica que vestía vaqueros y una camiseta de tiras. No consiguió verle la cara ya que su pelo rubio y ondulado se la tapaba. Bebía un mojito o algo parecido y no levantaba la cabeza de su móvil. No había nadie más en el bar.

–  ¿Qué le pongo? – . Preguntó el camarero sin dejar de mirar el documental.

– Un chupito de vodka, por favor – . Diego era español y polaco pero a la hora de beber, era solo polaco.

La chica apartó suavemente el pelo de su cara y miró a Diego de reojo. Él hizo lo mismo. Bebió el chupito de un solo trago y le hizo una señal al camarero para que le pusiera otro.

El camarero constantemente buscaba conversación pero a Diego no le apetecía hablar.

– ¡Qué inteligentes son los monos!, ¿verdad, chaval?

– Sí, sí, muy inteligentes.- Respondió Diego desinteresadamente.

– ¡Y qué similares son a nosotros!- Al camarero parecía impresionarle el documental.

– Sí, a algunos más que a otros-. Curiosamente el camarero se parecía bastante a un mono.

Al decir esto la chica soltó una carcajada, Diego sonrió hacia ella y el camarero siguió viendo el documental, sin apreciar el sarcasmo.

– Tu copa está casi vacía, ¿qué tomas?- Preguntó Diego con valentía.

La chica se levantó y acercó la silla a la de Diego que la observó de arriba abajo, asombrado por su belleza: pelo rubio oscuro, ondulado y largo, alta, delgada, piel dorada, labios carnosos, pómulos prominentes, ojos de color miel …

– Me llamo Adrys. – Se presentó con una sonrisa que descubría unos dientes perfectos.

– Diego, encantado.- Tragó saliva. – ¿Eres de Madrid?

Se hizo un silencio que incomodó a Diego. Adrys lo notó, pidió 2 vodkas y respondió:

– Nací en Madrid, mi madre es ucraniana y mi padre brasileño-. Este mestizaje explicaba su curiosa belleza: genes de eslava mezclados con genes de un mulato. Una combinación explosiva, como ella.- Tú no eres español, ¿verdad?

– Mitad y mitad. Mi padre es español y mi madre polaca-. Adrys abrió mucho sus ojos en señal de sorpresa.

– Hace algún tiempo leí un artículo interesante sobre las relaciones entre personas con padres de diferentes razas o culturas. El artículo sostenía que estas personas estaban genéticamente predestinadas a encontrarse, conocerse, relacionarse y tener descendencia. El motivo parece que se debe a una cuestión evolutiva. Según el artículo, las personas “mezcladas” son más evolucionadas, más inteligentes, más fuertes, más guapas, más inmunes a enfermedades, mucho más abiertas, tolerantes y se adaptan y se desenvuelven mejor en diferentes situaciones y entornos. Cuanto menos mezcladas, lo contrario. Por eso en la aristocracia hay tanto idiota y feo, porque se casan y tienen hijos entre ellos. Sin embargo cuando dos progenitores de dos razas dan a luz un hijo, este hijo adopta lo mejor de cada raza, los mejores genes. No sé si es verdad. Ojalá. Quizás que tú y yo estemos aquí, no es casual.

Diego estaba preso de sus palabras y de su hermosura. Era realmente interesante lo que decía.

– Dos chupitos más, por favor-. Pidió Diego al camarero sin dejar de mirar a Adrys.

 

Diego se despertó a la mañana siguiente con una tremenda resaca. Se levantó y se duchó en agua fría. Abrió el ventanuco de su humilde pensión y cogió aire. Se acostó de nuevo en la cama intentando recordar la noche anterior pero tenía demasiadas lagunas en su cabeza. Recordaba haber estado con Adrys en varios locales nocturnos, haber bebido mucho, haber bailado, recordaba fragmentos de conversaciones, su cara, su dulzura, su olor … pero no recordaba cómo había vuelto a la pensión, no recordaba haberse despedido de Adrys ni el momento en el que se habían separado. Eso le desconcertaba e inquietaba. Cogió su móvil y buscó el número de teléfono de Adrys pero no había nada. Buscó también en los bolsillos de sus pantalones por si ella le había escrito su número en algún papel, pero nada.

 

Diego decidió salir a desayunar. Se moría de hambre. Cuando se estaba vistiendo, frente al espejo, vio que en su brazo derecho había escritos varios números, supuestamente de teléfono pero desgraciadamente estaban tan borrosos que no podía descifrarlos. Se lamentó por ello y se inquietó aún más.

Bajó a la calle y entró en una cafetería en la que desayunó dos cafés con leche y dieciocho churros. A continuación fue a un internet café y me escribió un mail con todo lo que le había sucedido durante los días que llevaba en Madrid: el extraño taxista, la agresión sufrida delante de la Tasca Dourado, su estancia en el hospital, lo que le había dicho el policía de su padre, Adrys…

Justo cuando terminé de leer el mail de Diego, y con la boca abierta de par en par, sonaron tres golpes en la puerta de mi piso en Ochota, Varsovia. Miré por la mirilla y vi una cara blanca, muy delgada y unos ojos muy verdes y penetrantes. Recordé las historias de Diego y lo reconocí. ¡Era Snake! ¡¿Qué hacía en mi casa?! ¡¿Cómo sabía dónde vivía?! ¡¿Qué querría?!

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