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CAPÍTULO 7: LA DESPEDIDA

No daba a crédito a lo que Diego me acababa de pedir. ¿De qué manera podía yo ayudarle a encontrar a su padre? ¿Por qué yo? Estaba muy perdido en toda esta historia y empezaba a no gustarme nada, así que fui directo con él, incluso un poco brusco.

–          Diego, ¿qué quieres de mí?

–          ¿Qué me ayudes?

–          ¿Por qué yo?

–          Confío en ti. Eres el único español que conozco. A veces, estando contigo me siento más cerca de mi padre.- Me agarró la mano. Empezaba a  encontrarme realmente incómodo-.

–          ¡¿Qué estás diciendo?! ¡¿Qué te recuerdo a tu padre?! – Levanté un poco la voz y Diego se sorprendió de mi reacción.

–          No, no, no.- Movía la cabeza de izquierda a derecha como si yo no entendiera.- Me he expresado mal, tal vez. He bebido mucho vodka, y tú también. Lo que quiero decir es que, seguramente, tú tienes mucho en común con mi padre. Eres español como él, gallego como él, hablas su lengua, pertenecéis a la misma cultura. Probablemente habéis comido la misma comida, visto las mismas series y programas, celebrado las victorias de la selección española, votado en las elecciones al mismo partido. Conociéndote a ti, creo conocer mejor a mi padre.

–          Diego, todo esto es surrealista. Me asustas con lo que dices.- Bebí otro chupito de vodka.

–          ¡Perdona que sea sincero contigo! ¡Perdona que te abra mi corazón y te pida ayuda!- Diego se enfadó conmigo.

–          Vale, vale, vale.- Levanté la mano en señal de paz para calmarlo- Te ayudaré pero tienes que decirme cómo.

–          Solo quiero poder consultarte cosas que no entienda en España. Burocracia, leyes, algún aspecto cultural… Quizás tengas algún contacto en España que pueda echarme una mano…

–          Está bien -lo interrumpí-. Tienes todo mi apoyo pero no sé si servirá de algo. ¿Sabes cómo y dónde buscarlo?

–          Sé qué es de Madrid, que sus padres son gallegos, que se llama Diego Dourado, que hizo el servicio militar en Ceuta. Además tengo una foto.

Diego sacó una foto de su gastada cartera de piel. La observé con mucho detenimiento. Había una pareja. Estaban abrazados y con las cabezas muy juntas, mejilla con mejilla. Sonreían. No cabía duda de que estaban muy enamorados y eran felices. El escenario era precioso. Estaban en una playa de arena fina. De fondo, el mar se confundía con el cielo azul. Él era moreno con el pelo muy corto, musculoso, se parecía mucho a Diego pero mucho más tosco y bajito. Llevaba un bañador azul marino y en el brazo izquierdo un reloj barato marca Casio. Ella era alta y delgada. Tenía una bonita silueta. Su pelo era rubio y muy largo. Tenía la piel rojiza por el sol. Su sonrisa era la de Diego. Llevaba un bañador azul celeste y un crucifijo de oro colgado del cuello.

–          Cuando fuimos a España hace doce años, – Diego comenzó a hablar muy bajito como si me fuera a contar un secreto- casi averiguamos algo sobre él. En el cuartel de Ceuta, un militar nos dijo que mis abuelos tenían un bar en Madrid que se llamaba Tasca Dourado. Viajamos a la capital muy ilusionados. Encontramos el bar, que estaba en la calle del Pez, en pleno centro. Entramos y un hombre de unos 40 años nos atendió. Le preguntamos si conocía a la familia Dourado y para nuestra decepción, nos dijo que no. Nos contó que fueron los que montaron el bar pero éste había sido traspasado varias veces y que él era el propietario del local desde hacía un mes. Desde ese momento, mi madre no ha vuelto a hablar de mi padre.

–          ¿Y no investigasteis más?- Estaba totalmente metido en la historia y quería saber más para poder ayudar a Diego.

–          No. Mi madre enterró el tema y yo espero desenterrarlo. La próxima semana me voy a Madrid y lo primero que pienso hacer, es comprobar si todavía existe la Tasca Dourado.

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