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CAPÍTULO 8: EN MADRID

Diego Byk llegó a Madrid en uno de los veranos más calurosos de los últimos 50 años. Cuando se bajó del avión para coger el bus que le llevaría a la terminal 2, un fuerte golpe de aire caliente impactó en su cara. «Bienvenido a España», se dijo a sí mismo.

Desde que puso pie en tierra española Diego no perdía detalle de todo lo que había y pasaba  a su alrededor. Observaba a todas las personas con las que se cruzaba: físico, ropa, gestos, forma de caminar… Escuchaba con atención todo lo que oía: móviles, voces, lenguas diversas, la megafonía del aeropuerto, el ruido de los aviones… Se fijaba en todo: los paneles de información, los bares, las tiendas, las indicaciones del aeropuerto, los colores de las paredes… Su cerebro funcionaba a una velocidad frenética. No se le podía escapar ninguna pista que le pudiera conducir a su desaparecido padre.

Diego no necesitó pasar por la recogida de equipajes ya que solo llevaba una mochila con lo básico: documentos, tarjeta de débito, 300 euros, un portátil Samsung, una cámara de fotos Sony, un móvil Nokia, un cuaderno, una pluma, una bolsa de aseo y algo de ropa. Después de caminar más de 15 minutos por el aeropuerto, por fin logró salir. Otro golpe de aire caliente le atizó de nuevo. Esta vez sintió algo similar al dolor. La claridad era tal que apenas veía, así que se puso sus gafas de sol Ray-Ban. Ahora mejor, pensó.

Había mucha gente fumando en la entrada del aeropuerto de  Barajas y una hilera interminable de taxis blancos. Un grupito de taxistas hablaban de fútbol. A uno de ellos parecía no interesarle la conversación, estaba apoyado en el coche con la mirada fija hacia la puerta del aeropuerto, como si esperara a alguien. Era muy moreno, bajito, ancho de hombros y tenía el pelo corto, rondaría los 45 años. El taxista se dio cuenta de que Diego lo observaba, entonces levantó una mano y le dijo:

–          Hola chaval, ¿te llevo a alguna parte?

Durante unos segundos Diego imaginó que su padre podría ser taxista, ¿por qué no? Quizás este taxista podía ser su padre… y sin dudarlo dos veces le soltó al taxista:

–          Busco a Diego Dourado pero no tengo ni idea de dónde vive.

–          ¿Vive en Madrid?. El taxista preguntó con naturalidad, parecía estar acostumbrado a situaciones raras.

–          Nació en Madrid. Diego quería encontrar a su padre cuanto antes e iba al grano.

–          O sea que no tienes ni puta idea de dónde estará ese tal Diego Dourado. ¿Sabes al menos dónde empezar a buscarlo?

–          En la calle del Pez.

–          Pues vamos. Me has caído bien y te voy a cobrar solo 5 euros por llevarte hasta allí.

–          Vale, gracias.

El taxista estuvo todo el trayecto hablando por teléfono. Hablaba una lengua extranjera, parecía búlgaro. Diego se respaldó en el asiento trasero y se relajó. No le apetecía hablar. Cerró los ojos e imaginó a sus abuelos y a su padre recibiéndolo con los brazos abiertos en el bar Dourado.

–          Ya hemos llegado chaval. Son 5 euros.

–          Gracias. Tome 10. Perdone, ¿sabe si existe la Tasca Dourado?

–          Claro, está ahí enfrente.

Diego se bajó del taxi y se quedó mirando con gran emoción el letrero de la Tasca Dourado, que estaba igual que hacía doce años. Iba a entrar pero sintió un fuerte dolor en su cabeza. Algo húmedo y caliente se deslizaba por su cabeza y su nuca. Era sangre. Sus piernas le empezaron a temblar y se cayó al suelo boca arriba. Escuchaba gritos y veía imágenes de caras y edificios cada vez más borrosas, y más borrosas…

 

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4 Comentarios

  1. Me gusta mucho esta historia … pero, Santiago, ¿estás patrocinado por Samsung, Nokia y Sony? ¿Qué marca es el taxi?

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