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Hola a todos y a todas:

Me llamo Santiago, soy de Galicia y trabajo de profesor de español desde 2004 en el Instituto Español Sin Fronteras, Varsovia.

En todos estos años enseñando español he tenido todo tipo de estudiantes: simpáticos, secos, graciosos, frikis, interesantes, listos, brillantes, trabajadores, vagos, bromistas, serios, apasionados, indiferentes, chulos, humildes…

He enseñado español a estudiantes de todas las edades, a universitarios de toda clase de carreras, a arquitectos, informáticos, matemáticos, químicos, ingenieros, filósofos, lingüistas, historiadores, economistas, banqueros, corredores de bolsa, políticos, actores, actrices, deportistas de élite, masajistas, marineros, bibliotecarios, dependientes, esteticistas, traductores, psicólogos, camareros, cocineros, directores de multinacionales, ejecutivos, amas de casa, amos de casa, albañiles…

Todos diferentes pero con algo en común que los une: su interés en la lengua española y en la variada y rica cultura iberoamericana.

Solo tengo palabras de agradecimiento para todos mis estudiantes. Gracias por estudiar mi lengua y por darme la oportunidad de vivir de lo que más me gusta: enseñar. De todos he aprendido un poco y de algunos mucho. En cierto modo, soy el profesor que soy gracias, o por culpa, de ellos.

Puedo contar cientos de anécdotas de mis clases, escribir interesantísimas historias sobre mis alumnos pero solo voy a contar una que ha marcado mi carrera profesional y mi vida personal. Es la fascinante historia de Diego Byk.

CAPÍTULO 1

Recuerdo cada segundo de mi primera clase en Sin Fronteras. Era un lunes 11 de octubre, hacía calor, lo cual no es muy normal en Polonia en esta época. Grupo A11 (principiantes), a las 17:30 en la sala P, en BUW (Biblioteca de la Universidad de Varsovia). Eran 6 estudiantes: 5 chicas y un chico. Las chicas eran jóvenes, rubias, de ojos claros, muy polacas, muy eslavas. El chico era joven también pero muy moreno y de ojos negros. Parecía español.

Empecé la clase nervioso, muy nervioso pero intentando mostrar seguridad. No sé si lo conseguí. Doce ojos y seis sonrisas tímidas esperaban una palabra, un gesto, algo. Había un silencio incómodo.

Empecé mi clase como todavía suelo hacer. Dije hola y me respondieron, más o menos a la vez, hola. Pregunté qué tal y solo dos estudiantes me respondieron, en voz muy baja, bien. Escribí en la pizarra:

                                                               Muy bien

                                                               Bien

Hola, ¿qué tal?                                     Así, así

                                                               Mal

                                                               Muy mal

La pregunta la entendían pero no todas las respuestas. Expliqué gestualmente el significado de cada respuesta al saludo. Me entendieron. Volví a saludar, esta vez uno por uno. Todos me respondieron bien. Los puse por parejas a saludarse. Se rieron un poco. Estaba más tranquilo, la dinámica de escribir primero en la pizarra y después preguntarles funcionaba. Volví a escribir en la pizarra:

¿Cómo te llamas?                               Me llamo Santiago

Les pregunté el nombre. De nuevo uno por uno.

– Me llamo Kasia.

– Me llamo Asia.

– Me llamo Magda.

– Me llamo Ania.

– Me llamo Gosia.

– Me llamo Diego.

– Perdón, ¿cómo te llamas? – creí no entender su nombre.

– Me llamo Diego.

– Un nombre muy español – comenté con una sonrisa pero mi cara mostraba extrañeza.

Seguí con la misma dinámica. Pizarra:

       ¿Cómo te apellidas?                                       Me apellido Vázquez Ures.

 

Les expliqué que en España tenemos 2 apellidos y no uno, como en Polonia. Creo que no les interesó mucho. Decidí preguntarle a Diego en primer lugar.

            –   Diego, ¿cómo te apellidas?

            –   Me apellido Byk – respondió orgulloso.

Hubo alguna risa y caras raras. No sabía qué pasaba.

          – Santiago, Byk significa toro en español – comentó Diego con una sonrisa algo maliciosa-.

Pensé que era una broma. Quizás Diego Byk o Diego Toro era amigo o familiar de algún profesor de Sin Fronteras o tal vez el novio español de una de las estudiantes. Lo estaba pasando mal.

         –     Diego, ¿eres polaco? – mi cara era seria ahora.

Él lo notó y sus ojos negros me miraron fijamente.

         –     Sí, ¿y tú?

         –     Yo soy español, de Galicia – no me esperaba esa pregunta.

         –     Yo soy … polaco, de Varsovia – no lo dijo muy convincentemente, o eso me pareció.

Decidí terminar la conversación con Diego y seguí preguntándoles el apellido a los demás estudiantes…

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