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Esta historia sucedió en Buenos Aires, aunque bien podría haber pasado en cualquier lugar del mundo. Es una historia real pero es tan inverosímil que parece inventada, como de película.

Carolina tenía 7 años, una hermana, una mamá y un papá que a veces discutían y una vida aparentemente normal. De repente, de un día para el otro, su papá se fue de la casa y nunca más volvió. La vida aparentemente normal se transformó en abandono, tristeza, bronca e interrogantes que Carolina no entendió desde su corta edad. Durante un tiempo lo esperó, se enojó, pensó en él, pero cuando el tiempo fue demasiado y él no volvió a dar señales de vida, lo borró de su pensamiento e hizo como que no existía. Es que literalmente parecía que se lo hubiese tragado la tierra. Si alguna vez le preguntaban por su papá ella contestaba, simplemente, que no tenía. Carolina creció y se convirtió en una joven independiente. Con el tiempo aprendió a guardar su bronca y su pena en algún lugar que ya no se acuerda y con esos mecanismos de defensa que nos imponemos cuando algo nos duele demasiado o no podemos manejar aprendió a no sufrir esa ausencia. Según contó más tarde, en las múltiples entrevistas que le hicieron, nunca fantaseó con la idea de encontrárselo de casualidad, no pensaba en eso. Lo había borrado de su vida, sin más. Así, como él había querido.

Pasaron 30 años. Carolina estaba a unos meses de festejar su cumpleaños número treinta y siete. Ya era una mujer, periodista, politóloga, que trabajaba en el Congreso de la Nación. Era casi de noche y estaba trabajando horas extras en una sesión extraordinaria. En un momento, recibió un mensaje de texto urgente: le avisaban que habían intentado robar en la casa de su mamá y que la habían golpeado. Dejó todo lo que estaba haciendo y salió disparada a tomar un taxi para ir a ayudarla.

Estaba nerviosa, preocupada y en cuanto subió al taxi empezó a hacer llamadas desde su celular: a la policía para hacer la denuncia, a su hermana, a familiares. Se dio cuenta que no tenía suficiente dinero para llegar a su casa materna por lo que le pidió al conductor que la lleve a su departamento donde recordaba haber dejado unos ahorros. Cuando se bajó del taxi, el taxista que había estado escuchando las conversaciones y hacia donde debía ir, se ofreció esperarla y llevarla ya que conocía bien la zona. Carolina, aturdida como estaba, agradeció la oferta, pensando que a esa hora le costaría conseguir otro vehículo y que, además, supiera llegar (su casa de infancia quedaba en un barrio de las afueras de la ciudad y le venía bien no tener que dar tantas indicaciones). Subió a su casa, buscó el dinero y volvió a subir al auto. El conductor, decidido, emprendió el viaje. A esta altura, Carolina, aún perturbada, estaba un poco más tranquila y comenzaba a sentir el cansancio del día y del stress. Todo el resto del viaje estuvo en silencio, absorta en sus pensamientos mirando por la ventana hacia la oscuridad encendida de la noche.

En un momento pensó en lo bien que conocía el conductor el camino, miró hacía el espejo retrovisor donde se “chocó” con los ojos del taxista y un frío helado le recorrió todo el cuerpo. El taxista era su papá. Esos ojos no mentían, ella los recordaba bien, muy parecidos a los propios. Para estar totalmente segura miró el papel con la información obligatoria que deben llevar los taxis a la vista, en la parte de atrás del asiento del acompañante, y la certeza se terminó de confirmar. El que manejaba era su padre. Su nombre y sus ojos lo validaban. Su primer impulso fue bajarse. Pensó, además, en la situación del posible encuentro con su mamá y no le parecía que luego del stress del robo, tuviera que pasar por otra intensa conmoción. Respiró profundo, trató de relajarse mientras pensaba por qué la vida le ponía a su padre enfrente suyo ahora, en ese preciso momento. Y así, como si alguien sin dudar respondiera a su pregunta, sintió la explicación dentro suyo: ella, muchas veces, hubiera necesitado la ayuda de su padre, ésta era una situación más, y su padre llegaba para ayudarla. Sintió un profundo perdón.

No sabe de dónde ni cómo explicar ese sentimiento pero sintió que lo perdonaba. Luego de tantos años el perdón se presentaba sin proponérselo, sin control, sin casi darse cuenta. Llegaron a la puerta de la casa de su mamá, esa casa que él tan bien conocía. Carolina le preguntó cuánto era, pagó y bajó cerrando la puerta de un encuentro del que estaba tan, tranquilamente, conmovida.

Continuará….

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Soy Paula, nací y viví 33 años en Buenos Aires, Argentina, donde estudié y trabajé en Publicidad. Luego me vine a vivir a las sierras de Córdoba, a un pueblo del interior de la provincia, en el centro del país, buscando un cambio de vida. Llegué de la mano de mi marido, en aquel tiempo mi novio, hoy padre de mis dos hijos. Estoy aquí hace poco más de una década y desde que llegué hice varias cosas que alterné con la maternidad y la vida de familia. Al año de haber llegado también comencé a escribir, convirtiéndome en redactora free-lance y colaborando con algunas revistas, tarea que aún mantengo porque me encanta. Me gusta leer, caminar en los días soleados y en los nublados también, no perderme las películas del cineclub, cocinar galletitas para mis hijos, hacer yoga, tomar café y, como soy nostálgica, siempre pienso qué estaría haciendo en Buenos Aires. Aquí me hice nuevos amigos, me mudé varias veces de casa y siempre sueño con viajar. ¡Hola! Hablemos.